Estaba allí... de nuevo, en su pequeño Londres, dónde se
crió. Sentada en una de las azoteas de un edificio, observando las callejuelas
sinuosas donde había pasado muchísimo tiempo. Cuando de repente su mirada captó
algo, sí, eran dos niños pequeños. La niña no tenía menos de 12 años mientras
que el niño, más pequeño que ella, podría rondar los 7 años. Seguramente fueran
hermanos, la situación por la que estaban allí podrían ser varias, podrían
haberse quedado huérfanos, los podían haber abandonado o buscaban comida para
una familia desesperada sin dinero. Sus ropas estaban manchadas y rotas y en la
mirada se les notaba el miedo aunque eran muy valientes, solo por el hecho de
encontrarse allí. Ese lugar no era para niños. La gente 'normal' con un nivel
de renta suficiente como para satisfacer sus primeras necesidades y algunas
más, y sin mencionar la gente que tenía mucho dinero, no sabían toda la miseria
que recorría algunos barrios de aquella ciudad.
Al observar aquella escena, su mente volvió al pasado. Sin
remediarlo se encontraba contemplando lo que años atrás en ese mismo lugar
había ocurrido. Se veía a ella como si fuera aquella niña con la misma edad, lo
único que cambiaba es que ella tenía dos hermanos, Catherine y Thomas, en vez
de uno. No recordaba cómo llegaron allí, su mente recorría infinitas
posibilidades, pero ¿realmente valía la pena recordar el por qué? No. Su mente
rememoraba el miedo de sus hermanos pequeños y el miedo que ella misma no podía
mostrar para no empeorar la situación. Llevaba a Thomas en brazos, cubierto por
una capa que le cubría entero, su hermano se escondía en su regazo y la
apretaba tan fuerte que a veces la dejaba hasta sin respiración. Mientras que
Catherine iba agarrada de su mano libre, la tenía agarrada tan fuerte que no
sabía ni como su hermana pequeña no se quejó, tenía miedo de que si aflojara su
mano la perdiera y ya habían perdido bastante. Miedo, miedo, miedo... mie...
Sin darse cuenta, el parpadeo de sus ojos la trajo de vuelta
a la realidad. Al rememorar aquello algo en su alma se movió, por lo que se
puso su capa negra haciendo que todo su figura fuera cubierta. Aquella capa la
hacía sentir bien, nadie la veía. Bajó de la azotea en busca de los niños.
Nunca había sido amable, humilde, agradable, generosa, esa etapa quedo atrás
hace muchísimo tiempo pero esos niños la recordaban a ella y a sus hermanos,
por esta vez dejaría lo que era. Adentrándose en el callejón, los pequeños la
vieron, sus caras mostraban terror y ¿cómo no lo iban a mostrar? nadie vestido así
daría buenas sensaciones. Les hizo un gesto con la mano para que esperaran, a
continuación metió su mano en el bolsillo y les mostró dos barras de pan y muy
lentamente se las entregó. Los pequeños al ver lo que tenían en sus manos
sonrieron y más al ver que entre los panes también había dinero, cuando se
quisieron girar para darle las gracias, ella ya había desaparecido.

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